Oración laica por Martín Chirino

Guillermo García-Alcalde

Hablo por deseo de la familia, y empiezo agradeciendo al Sr.Obispo de esta Diócesis y sus concelebrantes la belleza y profundidad de esta solemne ceremonia. Y a los presentes, gracias de todo corazón por su muy estimada compañía.   

Martín Chirino es inseparable de la historia espiritual de los siglos XX y XXI. Siempre defendió el paradigma de la redención por el Arte y conformó su existencia a ese  modelo. Un modelo moral, a la vez que estético, que sostuvo enhiesta su voluntad de vivir para su inspiración y para la entrega de sus creaciones a las mujeres y los hombres de hoy y de mañana..

Ha sido el más longevo de los grandes escultores españoles de su generación. Cuando su ambición de universalidad quedó cumplida a fuerza de trabajo, autoexigencia y sacrificio, volvió la mirada a la Isla donde había nacido y rescató en su totalidad las vivencias de la niñez, la adolescencia y la primera juventud, inequívoco sustrato de las ideas que han trascendido a su obra hasta hacerla inmortal.

Contradijo con generosidad la máxima de Montaigne “Hay que prestarse al otro y  no entregarse más que a uno mismo”, porque no concebía la vida sin entrega, tanto de su obra como de su esfuerzo en la gestión de instituciones dedicadas a la mejora de todos. El pensamiento, la ascesis creativa, el nomadismo internacional para darla a conocer hasta su  consagración como signo inseparable del ser y el sentir de una época; y también el tesón en los mensajes incardinados en la praxis del activismo cultural: todo esto llenó de contenido su paso por la vida y el mundo, pero también aparejaba sufrimiento. Y en ello sí estuvo en consonancia con el filósofo francés, que dijo: “Yo soy quien sufre. Soy la materia de mi obra. No he hecho mi obra más de lo que ella me ha hecho a mí”.

Nuestro Martín, solo en la playa, asomado al paisaje inmensurable o entregado al pensamiento vital y estético,  centraba su espiritualidad en la propia conciencia y, mucho más en la conciencia del otro, por todo lo que quería darle en el anhelo de embellecer su vida.  Y tuvo la dicha  de saberse entendido en la respuesta de tres continentes de la Tierra. En ese “otro” estamos nosotros, con el orgullo añadido de haberle conocido en toda la densidad de su credo, escuchado su ideal de viva voz y  tratado en la cotidianeidad de la vida diaria.

Se recluía, si, para la ideación de la obra y su dura materialización en la forja del hierro, el bronce y el acero. Pero se abría de par en par en la convivencia con todos los que, real o potencialmente, éramos destinatarios de su belleza. Hasta su último aliento, fue  un  conversador incomparable. Un maestro.
      

Todo nació aquí, en su ciudad natal y su playa de Las Canteras.  Abstraido en la contemplación, penetró en el alma del viento y le dio corporeidad material . Sus hierros desmienten la gravedad porque están volando. La energía y la gracia diseñan el ademán poderoso que controla y dirige los turbiones del aire. El espacio, todo el espacio, nace y se ordena en los núcleos enfrentados, contradictorios, de esas curvas colosales que se narran a sí mismas.

No están asumidos los órdenes naturales porque ese orden ha sido forjado desde la sangre del fuego, no solo desde la llama. Y de ahí nace, en formas bellísimas, la admirable iconología  signica de Martín Chirino, sus formas Intransferibles: la progenie estética de un niño que dibujaba espirales en la arena como tótem de la inmaterialidad del aire.

Este artista genial fue profundamente sensible a la música. Tanto, que sus últimas esculturas son perfiles forjados de los instrumentos que amaba. Para esta ceremonia han elegido Luis García Santana y el Coro de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria, el menos fúnebre Requiem, el más lleno esperanza en la vida eterna de cuantos fueron concebidos:, el de Gabriel Fauré. “Dales el reposo eterno, Señor, y enciende para ellos la luz eterna”, son las palabras que iniciaron el canto, Y las últimas no evocan la tiniebla sino el Paraiso. “Que los ángeles te lleven al Paraíso”.  Junto a estas músicas, el más tierno versículo del “Dies Irae” del Requiem de Mozart, “Lacrimosa”, dedicado a la madre de Dios. Muchas gracias al director y los cantores.

Pasarán las generaciones y todos seremos olvidados a excepción de aquellos que las han  hecho depositarias de un legado inmortal. Martín Chirino no ha muerto. Su obra hablará siempre de su espiritualidad, su calidad moral y su sentido de la belleza.

Después de esta solemne liturgia podremos repetir la pregunta de San Pablo en la primera carta a los Corintios:

“Oh, muerte,   ¿dónde está tu victoria?”

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