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Una Fundación de Canarias para el mundo

A propósito de la inminente muestra ‘Una reflexión insular’, de Juan Manuel Bonet, tras el segundo aniversario de una institución ‘de arte y pensamiento’

Martín Chirino

El próximo 13 de junio inauguraremos, en el interior del Castillo de la Luz, la muestra Óscar Domínguez, Manolo Millares y Martín Chirino: una reflexión insular. El responsable y coordinador de esta exposición, el crítico de arte -y director del Instituto Cervantes- Juan Manuel Bonet, es un gran conocedor de la historia del arte canario, y la ha concebido de acuerdo con las tesis fundacionales de arte y pensamiento. Se trata de una iniciativa que, de hecho, surgió en paralelo a la idea fundacional misma de nuestra institución, pero cuya complejidad de realización nos ha obligado a demorarla, hasta rebasar el segundo aniversario, que se ha cumplido esta misma semana. Precisábamos también de un período de adaptación y consolidación; pero no cabe duda de que, a partir de aquí, emprenderemos una nueva andadura en la que trataremos, con toda amplitud y seriedad, el arte en Canarias y su tiempo.

imagen castillo

Imagen del interior del Castillo de La Luz

Para empezar, esta muestra da de lleno en una de las directrices prioritarias que nos marcamos desde el primer momento, y que está recogida, incluso, en los estatutos de la Fundación: la contextualización del legado canario en la cultura universal, para lo cual se hace indispensable el diálogo de nuestro presente con nuestra tradición. Por eso, esta muestra, que lleva como sustantivo en su título Una reflexión insular, no significa una culminación de nada, sino, justamente, una primera piedra fundacional, un punto de partida… Para una puntual exposición de arte, sea de la envergadura que sea, bastaría con un espacio artístico convencional, y eso es justamente lo que no debe ser, a mi entender, una Fundación de estas características, que, en rigor, pertenece al conjunto de la sociedad canaria. No se trata de una recuperación puntual de tres artistas canarios de proyección universal, del mismo modo que tampoco podemos programar orientándonos por la emergencia de las modas u oleadas de estricta actualidad, pues como indicara en su día Octavio Paz, y yo lo comparto, la moda por la moda es un ejercicio estéril; o, más grave aún, si echamos mano de un significativo verso de Leopardi: “La moda es la madre de la muerte”.

Nosotros queremos una plataforma viva, de incesante debate sobre nuestros orígenes y nuestro devenir isleños. Nos interesa lo que queda de la exposición o de los seminarios cuando estos se clausuran. Es decir: un centro generador de tesis sobre nuestra propia identidad. Y de ahí que, tras una reflexión insular, nos planteemos programar nuevas muestras y foros de debate, no únicamente de los artistas plásticos, sino de los creadores de las más variadas disciplinas, que investiguen o hayan investigado sobre nuestro específico acervo cultural.

Es algo que para mí se ha convertido en una fijación irrenunciable, y, desde luego, la razón de ser de una plataforma de conocimiento, de la que, según creo, en estos momentos Canarias adolece: construir un discurso sólido y coherente que haga posible entender mejor algo tan simple y tan complejo de responder como ‘quiénes somos los canarios’. Se trata de preguntarnos, en rigor, cuál es nuestra posición dentro de la complejidad del mundo actual.

Sala de La Luz, durante un seminario.

Sala de La Luz, durante un seminario.

Para mí, no es un pensamiento nuevo. Esa orientación fue mi principal empeño desde la inauguración del CAAM, que, creo, nadie lo discute, constituyó un antes y un después en esta tierra. Sé que los tiempos son distintos, y que hoy resulta peculiarmente visible lo que alguna vez he definido, a propósito de la cultura canaria, como el arte de hacer de la precariedad un milagro. Pero eso no nos exime de seguir intentando recuperar el prestigio de Canarias, para que vuelva a ser un referente en el desarrollo de la cultura. Es una tarea ardua pero ineludible: sólo a través de la debida investigación sobre nuestras señas de identidad, es decir, ponderándonos a nosotros mismos, podemos alcanzar la merecida proyección hacia el exterior. Personalmente, me parece la mejor manera de hacerlo, y esta exposición ilustra lo antedicho. Para mí, este empeño pasa necesariamente por replantearnos, en primera instancia, el origen: ese momento primigenio de nuestra cultura que, para nosotros, los canarios, resulta especialmente espectral, mágico, inagotable, fraguado, como sabemos, de elementos más telúricos que racionales, que, creo, nos marcan y determinan nuestra identidad.

El propio Juan Manuel Bonet incide en este tema a la hora de elaborar la tesis sobre su exposición. Explora en aquellos puntos en común en que el origen de la trayectoria de tres artistas canarios coincide con la reflexión del origen cultural de las Islas. Su lectura es a la vez evolutiva y sincrónica, por cuanto busca el nexo de un emblemático artista de la vanguardia de preguerra, como es Óscar Domínguez, acotándolo en su obra sobre los orígenes prehistóricos, como es su serie Cueva de guanches, con reflexiones paralelas de otros dos artistas canarios ulteriores, esta vez adscritos al Medio-siglo, como Manolo Millares –especialmente sus Pictografías y sus Aborígenes- y yo mismo –especialmente en las espirales del Viento-. Es decir, lo relevante es la tesis del origen histórico canario, con especial atención a las variaciones de perspectiva, conforme a ese hilo conductor que Octavio Paz definió muy bien como “la tradición de la ruptura”. En el marco de ese flanqueo de Una reflexión insular, la muestra habrá de completarse luego con otras exposiciones y sesiones de debate –nuevas reflexiones insulares-, sobre el devenir artístico y cultural de Canarias, cuyo origen mítico nos influye y conforma –es evidente- a cada instante. Habremos de abordar luego nuevos períodos y nuevos nombres propios, o los mismos períodos con nuevos nombres propios. Pienso en la ineludible y singular figura de Néstor Martín-Fernández de la Torre; en la Escuela Luján Pérez; en los indigenistas, o en artistas tan relevantes como César Manrique, Pepe Dámaso o Juan Hidalgo, entre otros, aunque volviendo una y otra vez, ineludiblemente, a esa edad de oro de la cultura canaria que fueron las vanguardias históricas, y cuya abrupta interrupción, a causa de la Guerra Civil, sigue demandando de nosotros una especial atención, al menos como modelo de reflexión, como un espejo roto y por recomponer en su inventario siempre incompleto.

Personalmente, me sigue asombrando que dos señeras revistas de la época –entonces enfrentadas entre sí, aunque, desde la perspectiva actual, nos resultan ya complementarias-, como fueran Gaceta de Arte y La Rosa de los Vientos, mantuvieran aquel encendido debate de si Canarias es una región “universal” o si se trata de una región “cosmopolita”. Así lo defendían las respectivas cabeceras de figuras tan señeras en nuestra cultura como Eduardo Westerdahl y Juan Manuel Trujillo. Me parece un debate de interés inagotable. En lo personal, me ha llevado a definirme a la vez –en según qué épocas- como universal y como cosmopolita. Pero, tras mucho darle vueltas al asunto y al mundo, sé ya que mi conocimiento proviene de mi experiencia, y tras el nomadismo en que he tenido que debatirme, hoy día me inspira más un cierto cosmopolitismo que la aventura inútil de lo universal.

Pero lo que importa ahora son las identidades colectivas; superar de una vez por todas, desde la máxima autoconsciencia, ese fatal pronóstico del propio Juan Manuel Trujillo: “Canarias se ignora e ignora que se ignora”. De eso se trata, de combatir esa fatalidad, y para ello puede servir, a medio y largo plazo, esta Fundación nuestra, que he querido llamar aquí ‘de Canarias para el mundo’. Ciertamente, la exposición Óscar Domínguez, Manolo Millares y Martín Chirino: una reflexión insular no puede ser acogida como un punto de llegada, por ardua que haya sido su realización; no es una muestra concebida, en modo alguno, para mayor gloria de los artistas representados. Es, tal y como nos la planteamos desde el comienzo, un primer eslabón para la rigurosa elaboración de una larga tesis sobre el quehacer de la creación y sus consecuencias en nuestras Islas; una reflexión permanente cuyo principio y fin resultan interminables, en la medida en que tienen ellos mismos la forma de una espiral, si se me permite la licencia.

Se da la circunstancia de que los tres artistas representados en esta muestra guardan relación con la diáspora; que hicieron del viaje la razón de ser de su vida y de su obra. Pero ese es otro atavismo a superar, si de veras queremos ser a la vez canarios y universales: la falsa dicotomía entre el adentro y el afuera de las Islas. Si queremos hablar de Canarias y el mundo, la verdad es que los que nos fuimos hemos sentido tanta incertidumbre y orfandad como los que se quedaron. La soledad que padecemos los que nos marchamos de las Islas no es sólo por la distancia física. La soledad, y, en ocasiones, la impotencia que padecemos, es, justamente, por la manera con que percibimos nuestra tierra, en cierto modo sujeta a una inercia, y a una manera de ser matizada por la distancia y el tiempo. Tal vez, tendríamos que ver las cosas de otra forma; y pensar que, en el caso de algunos de aquellos que nos marchamos, sencillamente ocurrió que explorábamos en el origen insular un modo de expresión, y de una forma un tanto fortuita encontramos el camino en el exterior.

Las lecturas son, pues, plurales, y la exploración de la encrucijada de nuestra identidad canaria, siempre por alumbrar, es una tarea que subyace. Por eso, confío en que la nueva propuesta de este espacio de creación signifique una apertura de la cultura canaria más allá del mar, nuestra frontera. Desde luego, me siento respaldado por amigos extraordinarios, y desde esta tribuna, quisiera darle las gracias al equipo directivo de la Fundación, y a quienes trabajan en ella día a día, para que sea una realidad, así como reconocer la labor realizada desde el inicio por los miembros del Patronato de la Fundación de Arte y Pensamiento Martín Chirino: Guillermo García-Alcalde, Ladislao Azcona, Pepa Luzardo, Hilda Mauricio, mi hija, Marta, y mis nietas, Clara e Inés. También soy consciente de que, si la Fundación ha obtenido una mayor consideración en nuestro entorno, es debido a la receptividad y confianza de los responsables municipales, y, por ello, quiero agradecerles al alcalde actual y a aquellos otros que le precedieron, el interés mostrado y su decidido respaldo para que esta Fundación sea hoy otra nueva realidad para el enriquecimiento de nuestra cultura.

Por nuestra parte, agregar que, desde el privilegiado y emblemático Castillo de la Luz –un tótem situado justo en la frontera entre la etapa aborigen y el inicio de nuestra historia (o al menos el historiográfico)- he tenido ocasión de corroborar una idea que desde hace mucho tiempo me acompaña: Creo que el arte no tiene fronteras y para mí Canarias también es el centro del mundo…

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